Escribe: Politólogo Lic. Emilio Arredondo
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El coro es enorme. En estos últimos meses se han multiplicado las voces que cantan la vieja canción sobre cuán aburrida está la gente de la polÃtica. Que las elecciones nos tienen cansados, que la publicidad es insoportable, que los carteles publicitarios afean las ciudades, que los informativos ya no se "bancan", que era hora que terminaran con tantas discusiones... variaciones de una tonada que cantan muchos periodistas, algunos académicos, hasta varios polÃticos y sobre todo, nuestros vecinos de a pié. Que son, y he ahà lo importante, el grueso del coro.
La polÃtica tiene hartos a muchos uruguayos. A mà me tiene harto el discurso antipolÃtico.
Las variantes.
Este es un discurso con diversas modulaciones. Está la variante "canchera", que es la más pueril y también la más difundida. En este caso, los que lideran el coro se sienten más "vivos" que el resto. Los demás, es decir, nosotros, que aún creemos en el debate público, somos -según esta versión- "corderos que se tragan la pastilla"; ellos en cambio, son los que lúcidamente se dieron cuenta hace mucho que -según dicen- "todo es un verso y no sirve para nada". Están convencidos que van varios pasos delante de nosotros, conciencias dóciles e ilusas almas.
La variante "aristocrática" expresa su fastidio antipolÃtico porque en estas instancias de efervescencia pública "todos, incluso los pobres, se creen iguales a uno", como lo decÃa un enojado terrateniente a inicios de siglo XX. En rigor, en este caso el fastidio no es contra la polÃtica, sino contra la democracia, felizmente consustanciales hoy en dÃa.
También encontramos la variante economicista. Estos dicen que la polÃtica le hace perder plata al paÃs, que distrae a la gente de lo "verdaderamente importante", que cuando los polÃticos se pelean, la economÃa sufre, que se tiran fortunas en publicidad, que es inadmisible que el Estado gaste dinero de todos pagando por votos a los Partidos y admiten con reservas que se financien "tantas" elecciones. Si los primeros están convencidos de que son más "vivos" y los segundos que son mejores, estos están convencidos de que son más útiles y eficientes.
La antipolÃtica es dejar todo como está.
Hay otras versiones, pero lo importante es detectar que más allá de los matices, todos esos discursos coinciden en un claro desprecio de la dimensión pública de la vida y comparten una visión neoconservadora del mundo.
Aún cuando sientan que son más listos y van adelante, quienes machacan con este discurso antipolÃtico deberÃan saber que su canción es vieja y ha sido cantada por todo tipo de retrógrados durante, al menos, los últimos 300 años. En ese sentido, ese discurso es penosamente aburrido. Están convencidos de que son originalmente sofisticados cuando en realidad están siendo simples y previsibles. No solo no son más listos que nadie, sino que además ignoran que su postura antipolÃtica lejos de ser neutra es franca y directamente funcional a quienes se benefician con las cosas tal como están.
La virtud y la tonterÃa.
Los mismos que se quejan por unos pocos pesos que los uruguayos ponemos para financiar elecciones, seguramente nada dicen de los miles de pesos que nos han sacado a cada uno para rescatar a banqueros irresponsables. Los mismos que se quejan por la publicidad en tiempos de elecciones, nada dicen sobre las largas tandas comerciales que dÃa a dÃa, mes tras mes, años tras año aparecen en los medios (y contra las que nada tengo, por otra parte).
Los mismos que dicen que los carteles polÃticos afean las ciudades, nada dicen de la selva de letreros fijos que nos invitan a consumir shampoo, celulares o vehÃculos. Unos pocos carteles que permanecen unos meses buscando convencernos de tal o cual opción en el debate público no se soportan. En cambio, a los miles y miles de carteles y marquesinas que en forma permanente rompen de veras con el perfil urbano de nuestras ciudades, a esos ni los vemos. Están naturalizados. Si es para el debate público, los carteles fastidian. Si es para el consumo, no pasa nada.
Este discurso antipolÃtico no solo es aburrido y simple, sino que además es lógicamente insostenible. Y lo peor: es dañino. Porque fomenta la más peligrosa miopÃa: la que nos impide ver nuestra relación con lo público, presentando una incapacidad -no ver ni comprender el vÃnculo que inherentemente tenemos con la polÃtica- como virtud y la virtud -el interés hacia la cosa pública- como una ingenuidad o tonterÃa.
Tres pesos miopes.
En estas cuestiones de la sociedad y la polÃtica, son muy pocas las cosas que suceden por casualidad. Desde estas columnas hemos insistido en más de una ocasión sobre la importancia de la lucha cultural e ideológica que debe acompañar todo proceso de cambio en serio. En este proceso, la izquierda ganó algunas batallas, pero perdió otras. Es claro: el difundido discurso antipolÃtico es una batalla ganada por la derecha en los '80 y '90. Porque hay que tener claro: el neoliberalismo es un esfuerzo de reformas estructurales que también tuvo -y tiene- su contraparte ideológica.
El tipo llega a una estación de servicio y se entera que aumentó 3 pesos el precio del combustible. La reacción más previsible es que se enoje, que exprese su disgusto a los cuatro vientos por una medida que, dice, está pensada "para embromarlo". DifÃcilmente asuma que es una medida a su favor, en el sentido de que el aumento era necesario para equilibrar las finanzas de ANCAP, que es su empresa. Cuando llegamos a la estación de servicio somos, al mismo tiempo, consumidores y dueños de ANCAP, pero sin embargo actuamos solo como consumidores.
Se ve ahÃ, en esa ficticia pero no tan irreal situación, uno de los dispositivos más sutiles y eficaces de esa batalla cultural que la derecha ganara en los '90: nos enseñaron a pensarnos como consumidores, más que como productores o ciudadanos. Ese dispositivo era, obviamente, una pieza clave del empeño privatizador. Nos quejamos por los tres pesos que tenemos que pagar de más, pero no reparamos que si asà no lo hiciéramos, ANCAP, la empresa de todos, se fundirÃa. Y no nos importa mucho porque no la vemos como nuestra. Y no la vemos como nuestra porque en los '90 hubo un fenomenal esfuerzo ideológico para mostrar nuestra dimensión privada, de consumidor y por anular la percepción de nuestra dimensión pública. Nos enseñaron la miopÃa y hoy la ejercemos gustosos.
¿Quién le teme a la polÃtica?
Claramente, el discurso antipolÃtico es un resultado de ese empuje ideológico neoliberal. ¿Quién le teme al debate público? ¿Qué problema tenemos con la idea de una sociedad que quiera discutir públicamente muchos de sus rumbos y decisiones? ¿Cuál es el problema de tener varias elecciones, no solo de autoridades sino entre opciones plebiscitarias? ¿Quién necesita hacer creer que todos los polÃticos son tontos y corruptos?
Necesitamos más polÃtica, no menos. Y a esto hay que decirlo claro y fuerte, reivindicando la dimensión pública de la vida, sobre todo cuando hay algunos importantes actores de izquierda que se suben con demasiada facilidad al discurso facilongo de la antipolÃtica. Por ejemplo, cuando se habla de reformar la constitución y modificar el régimen electoral. Si se quiere reformar el régimen electoral uruguayo, está bien. Hay varias cosas mejorables, pero una cosa es mejorar la polÃtica y otra podarla "para que moleste menos". Que el espÃritu reformista no se suba al discurso antipolÃtico, porque en ese caso la derecha comenzará a tener razones para creer que perder elecciones no es tan malo mientras siga ganando la cabeza de la gente.
Para Diario Salto - Miércoles 13 de enero de 2010.





