Diario Salto

jueves 11 de marzo de 2010
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Home Opinión Diego Moraes La mano del muerto

La mano del muerto

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PobreEl mejor 

diego-moraes.jpgEscribe: Lic. Diego Moraes: (Salto, 23 / 02 / 79) es Licenciado en Letras por la FHCE (UdelaR) y Procurador por la Facultad de Derecho (UdelaR). Actualmente reside en Montevideo, ciudad en la que se desempeña como escritor, docente e investigador.

Desde 2007 integra el equipo de producción del programa televisivo "Voces Anónimas", emitido a través de la pantalla de Teledoce (Canal 12 - Montevideo - Uruguay).

Entre sus intereses profesionales se cuentan la Teoría Literaria, la Semiótica del Cómic, la Retórica Visual, la Poética del Hipertexto y las Leyendas Mágicas de la tradición oral. Ha participado como disertante en diferentes certámenes académicos nacionales e internacionales.

Es autor del libro "Bestiario del Salto Oriental (2007) y co-autor junto a Guillermo Lockhart del libro "Voces Anónimas. Historias y leyendas del universo mágico" (2008).


El hecho ocurrió cerca de Paso de la Laguna, no demasiado lejos de la naciente del arroyo Sopas.

Cierta noche de lluvia, un señor que se desempeñaba como peón rural en un establecimiento agropecuario de la zona fue alcanzado en una camioneta hasta un destacamento de la Policía ubicado sobre la Ruta 4 por unos sujetos que no lo conocían. Parecía que le habían dado una paliza. Estaba embarrado de pies a cabeza, llevaba el poncho estropeado y la cara magullada y sus ojos, bien abiertos y sin pestañear, iban clavados en un punto fijo, como alucinados. Los de la camioneta dijeron al comisario que lo habían encontrado en ese estado tirado a un costado de la banquina, inconsciente, casi duro de la hipotermia. Cuando lo subieron al vehículo, el hombre entró a desvariar; decía cosas sobre un "finao" y una "mano" que no se le entendían muy bien. Tal vez estuviera delirando debido a la borrachera, pues en efecto este señor destilaba un penetrante olor a alcohol.

Cuando pudo recuperarse lo suficiente, recostado en un catre que los funcionarios de la seccional habían dispuesto para su comodidad, el hombre prestó declaración al agente encargado de redactar el parte policial de lo ocurrido, que lo escuchaba con cara seria sentado en una silla a su lado. Esto es más o menos lo que, en su propio lenguaje criollo, le dijo:

"Ayer de nochecita había salido yo de la estancia de don G*** y me disponía a volver a casa caminando por la ruta, como hago todos los días, cuando se largó a llover. Desde la tarde el cielo había estado cubriéndose de negros nubarrones, presagiando el chaparrón, pero yo pensé que me iba a dar tiempo para llegar, así que igual me mandé de a pie tomando mi cañita. La tormenta me agarró justo en mitad del camino. Caía agua como en baldes y el viento comenzó a soplar con tal violencia que -no le voy a mentir- empecé a ponerme un poco nervioso. Me arrepentí, entonces, de no haber aceptado la invitación del patrón, que se había ofrecido a arrimarme.

En eso, veo que allá a lo lejos comenzaban a acercarse dos luces por la carretera. Enseguida me apronté para hacer dedo. No podía ver muy bien qué clase de vehículo era, porque había una lluvia cerrada que caía casi de costado, pero como se me estaban congelando los huesos por la friolera cualquier cosa me daba lo mismo con tal de llegar a casa de una vez. Al final era una furgoneta vieja, de esas de reparto, que al verme empezó a detenerse.

Me acerqué entonces a la ventanilla por el lado del chofer. El conductor entreabrió el vidrio y me miró. No pude distinguir bien su cara; no lo recuerdo, creo que nunca lo había visto. Le pregunté si no podía alcanzarme para el lado de pueblo Ferreira. El conductor, algo desconfiado, me dijo que no tenía problemas en que viajara en la parte de atrás del vehículo, debajo del toldo. Pero me advirtió por las dudas, para que no diga que no me había avisado, que entre los bultos llevaba un ataúd. Así como le digo: llevaba un ataúd en la camioneta, con un muerto adentro y todo, para un velorio en no sé dónde. Me quedé duro al escuchar eso, pero de todos modos tomé coraje y decidí subirme, porque me estaba empapando y me moría de frío.

Di la vuelta, entonces, por el lado de atrás y me trepé a la jaula. El ataúd estaba contra el fondo, pegado a la cabina, y alrededor había un montón de bultos grandes, como de bagayo. Sentí un escalofrío la primera vez que lo vi. Era un cajón grande, de madera, de color rojizo. Para que no se moviera con el zarandeo de la carretera, lo habían sujetado con unas cuerdas a la baranda del vehículo y por encima le habían arrojado unas mantas. Traté de restarle importancia al asunto, para no sugestionarme más de la cuenta, pero por respeto me ubiqué lo más lejos que pude del cajón,  acurrucado junto a la puerta posterior, frotándome el cuerpo con las manos para calentarme y forzándome a pensar en cualquier cosa que me distrajera de aquella apremiante situación.

Pero pronto empecé a inquietarme en serio. ¿Se imagina usted lo que se debe sentir al ir viajando en una cabina de dos por dos, casi en completa oscuridad, en compañía de un ataúd y sabiendo que hay un muerto adentro? Bueno, así estaba yo ayer a la noche. No soy una persona cobarde, se lo puede decir cualquiera, pero se había apoderado de  mí una agitación extrema. Parecía que me sofocaba, que me faltaba el aire. Los segundos demoraban horas y aunque la camioneta avanzaba a toda velocidad por la carretera a mí me daba la impresión de que siempre estaba en el mismo sitio. Paulatinamente, el pánico comenzó a apoderarse de mí, y ahora soy incapaz de pensar en ese terrible momento sin temblar y rememorar la angustia que sentía.

Al principio creí que la cabeza me estaba jugando una mala pasada o que la caña estaría haciéndome alucinar, pero recuerdo que, en determinado momento, escuché bien clarito que desde algún lugar de aquella penumbra una voz preguntó:

- ¿Paró de llover?

Me quedé paralizado. Una agonía de muerte oprimió mi corazón. Observé entonces lo que ocurría alrededor de mí con detenimiento, en silencio, tratando de convencerme de que la sobreexcitación de mis sentidos me había traicionado. Pero aún así... ¡el muerto había hablado! Por mucho que intentara convencerme de lo contrario, por más que quisiera echarle la culpa a la fantasía, me fue imposible no imaginar la espantosa posibilidad de que aquel difunto se despertara de su sueño, que se agitara en su claustrofóbico encierro y que presa de la desesperación, por último, levantara la tapa del cajón para abalanzarse sobre mí, amenazándome con su lívido semblante.

Así que imagínese que cuando vi que la tapa del cajón, efectivamente, poco a poco comenzó a moverse, hasta que por fin el finado sacó una de sus manos para afuera -una mano esquelética, de la que colgaban unos dedos blanquecinos y alargados como las garras de un pájaro- no lo pensé otro segundo y me tiré de cabeza del furgón al medio de la ruta.

No me acuerdo qué pasó después. Me dicen que unos vecinos me recogieron...".

 

Para Diario Salto - Miercoles 29 de enero de 2009.

 
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