Escribe: Carlos MarÃa Cattani (Ca Ma Ca)
Gisleno se habÃa criado en los montes, junto al rÃo. SabÃa de plantas y de animales, de lagunas y de peces, de piques, de cardúmenes. Olfateaba los bagres en el aire cuando llegaba al pesquero decÃa, "aquà me planto", y se llenaba de pescado.
Pero, si bien Gisleno era fino para el olfato, era bastante "grueso" en cuanto a mugre, a "jedentina". Dos por tres escuchaba cerca suyo.
¡Como hieden esas patas!
-¡Está bravo el caldo de gato!
- Hay que aprentar los diarios, canilla!
- Fuerte de alas ese avión.
Gisleno sufrÃa con eso, y por más que se bañara, quedara una mañana entera en remojo, se ponÃa a caminar, y no habÃa de desodorante en barra, crema o aerosol. Sus gládulas sudoriparas, eran de no creer...
Y si fuerte era de sobacos, sus extremidades inferiores no se quedaban atrás. Para colmo el pescador usaba unas sandalias de plástico, que de tanto andar largaban un olor fuerte y penetrante.
Un dÃa, cansado de las burlas, preocupado también por su situación, ya que ninguna mujer le sostenÃa una charla, repingaban la nariz y se iban. Entonces, decidió inventar sus propias armas para combatir el flajelo patifero y axilar, que lo diezmaba ante la consideración popular y el cariño femenino.
Combinó con una paciencia franciscana hierbas aromáticas. Su banco de prueba eran sus sandalias. Cada vez que lograba un perfume más o menos lo derramaba sobre las mismas. Se desilusionaba pronto porque fracasaba sin parar, pero, cuando afloraba de nuevo el tufillo se decidia y volvÃa a experimentar.
Las sandalias del pescador eran famosas en Puntas del Sauce Verde. Por eso, Gisleno redoblaba su esfuerzo para conseguir la fórmula mágica que lo liberara de su cruz.
Una vez probando, combinando, en su laboratorio de campaña (tres frascos de café vacios, un vaso tipo pipeta que no usaba más, una curuya como mechero), un pequeño incendio le quemó las manos. Desesperado las metió en unas vasijas que tenÃan jugo de karaguatá machacado y rociado con aceite de mio-mio inventado por él.
Sumergió sus manos un rato largo mientras recorrÃa el diccionario de todas las malas palabras habidas y por haber. Con gran asombro notó que a medida que pasaba el tiempo sentÃa un gran alivio. Quitó las manos, se las miró, y comenzó hacer tortitas de manteca para mamita que...
Las manos se le habÃan curado con impresionante rapidez y se le habian borrado las cicatrices. Hasta la mugre de dias que tenia debajo de las uñas habian desaparecido. Descubrió Gisleno que su bálsamo era anti inflamatorio (tiempo después, cuando era famoso el bálsamo, una chica le pedirÃa que le desinflamara un problema, a lo que Gisleno le debió señalar que su bálsamo era anti inflamatorio pero que no quitaba embarazos, pero esto, ahora, no viene al caso).
Las sandalias del pescador, en tanto, seguÃan allÃ, firmes, hediendo como nunca, pero ahora, a Gisleno poco le importaba, estaba entusiasmado con su bálsamo. Descubrió que incidÃa sobre la mente y el ánimo, ayudaba a la relajación, a la circulación de la sangre (bien frotado) y era un poderoso, y comprobado, afrodisÃaco.
- ¿Estás seguro de eso?
- Como no, es solo pasarle al gallo un poquito por el pico, sea de noche o de dÃa, en invierno o en verano y sale detrás de la gallina como quemado por aceite...
Dándole vuelta al asunto Gisleno siguió experimentando, buscando, su cura-pata, cura-axila, fue descubriendo fragancias frescas vigorizantes, cremas para masajes corporales. Combinó y obtuvo esencia de sándalos, de jazmÃn, de palo de rosa, de romero y de enebro. Con unos agregados puesto en aguas calientes le producÃan espumas, lociones, en tres versiones: sensual, relajadora y vigorizante.
La clientela le crecÃa y crecÃa, sin cesar. ParecÃa un Rey Midas, hierba que tocaba la transformaba en oro.
El dÃa más triste de su vida fue cuando combinando damasco con jugo de coronda y de quebracho, tres ramitas de arrayanes y esencia de Ibirapitá, mezclado con cactus, jazmÃn del paÃs, azucenas y margaritas, logró el perfume ideal que borraba todo olor de axilas y de los pies. Se bañó, se puso en las axilas y en los pies esa fragancia embriagadora que se expandÃa. Pero, cuando el pescador fue a buscar sus sandalias, un cachorro de Doberman que le habÃan regalado, se las habÃa destripado.
Gisleno nunca pudo saber si lo que habÃa descubierto le hubieran quitado el mal olor.
Aunque han pasado los años, en Puntas del Sauce Verde todavÃa quedan las mentas de las sandalias del pescador...
Â






